Amores
Me enamoraba de chicos guapos. Ellos no me hacían ni caso.
Era tan enamoradiza que se me notaba.
Escribieron, con tiza, en las paredes, tal x tal. Fui yo la que recibió reprimenda, no las ejecutoras.
Ellas hicieron befa (broma ofensiva), y yo cargué con todo el equipo.
Era esa vecinita que marcó mi infancia.
Ella y su corte.
Suerte que abandonó los estudios y no tuve que soportarla nunca más.
Recordarla me revuelve el estómago.
Si me cruzara con ella, no la miraría. Dejamos de hacerlo y no vale la pena.
Hablé con mi madre, en mi edad adulta, de esa relación tóxica. Lo hice con lágrimas. Ella reconoció no haberse dado cuenta.
Imagino que empecé a guardármelo todo, y a disimularlo, porque recuerdo que con 12 años salía con la cuadrilla de chicas y chicos de mi edad, en las fiestas locales, y que empecé a saborear los bailes y galanteos.
Pagué caro ese disfrute. Me tomaron una foto bailando cogido con un chico, y se la enseñaron a mi padre.
Toda la furia cayó sobre mí. Me castigaron sin salir durante meses.
Huí de esa relación. El coste fue alto.
El entorno hacía bromas, que a mí me supusieron demasiado.
A nosotras se nos carga una responsabilidad que no tenemos.
Cruel mundo sexista.
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