Cómplices
Suerte que otras adultas familiares, mis tías y tíos, y una prima mayor, salieron en mi defensa en ocasiones dramáticas. O escucharon aquellas fantasías y sueños que con mis padres no compartía.
La vejez de mis padres dulcificó nuestro vínculo. Pasé a ser yo quien tenía cuidado y cariño por ellos.
Entendí que sus errores se debían al qué dirán y a sus miedos.
Lástima, porque si su actitud hubiera sido otra mi vida también sería distinta.
Tener cómplices en el entorno familiar hizo que superara esas crisis familiares.
Con catorce años, la hermana de mi padre escuchaba y no contaba mis devaneos.
Con ella me aficioné a cuidar y pintar las uñas. Me daba los restos de esmalte.
Con ellos pintaba vestidos de princesa a mis dibujos, y pasé a mis uñas.
En su casa me sumergí en los libros de la biblioteca de mi tío. Allí nació mi gran afición lectora. Mi primo, su hijo, era como un hermano gemelo, andábamos siempre juntos. Los estudios nos separaron un poco. Los dejó de lado y pasó a la carpintería de su padre. Siempre nos hemos querido mucho. Mi primer beso fue un juego inocente con él.
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