La vergüenza
Sí, vergüenza. Esa es la situación. No he hablado mucho de mis dolencias psíquicas. He disimulado hasta no poder más.
He pasado por la vida con ellas metidas en el fondo oscuro. En ese pozo del que una vez han sido arrojadas he tirado la cuerda tras ellas, para que nada ni nadie las vea.
¿Cómo darte a conocer, si ocultas lo fundamental?
Si tienes un accidente y te rompes algún hueso, te aplican cura.
Si te rompes por dentro, porque la vida te golpea, o lo haces tú misma, nadie ve lo que no explicitas. Y, precisamente así, difícilmente expones ante los demás tu herida. Al contrario, disimulas, ocultas, niegas.
Y, si quien está a tu lado no ve, te dueles.
Has tejido una máscara que ni esa persona, tan próxima, es capaz de quitar.
Es agotador disimular, pero recibiste tantos golpes, que los quieres evitar.
Al final, no puedes más.
Buscas escapar. Escapar de ti misma.
Aprendí, en ese punto, a esperar. Descansar. Pausar.
Pensamientos aciagos que mi razón quiere controlar.
Las lágrimas queman.
El cuerpo quiere estallar.
Esperar.
En otro tiempo, cortaba mi pelo. Tomaba todo el alcohol que hubiera en casa. Hasta que mi cuerpo físico reventara.
Puse control, porque mi salud me dijo basta.
Y, aprendí a cuidar de mi cuerpo. A darle buen trato. A prepararlo para este otoño vital.
Me quiero. Quererme me salva de esas intrusiones en mi mente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario